Noche de futbol sin mucho por lo que pelear y más por el honor. Fortaleza se animo buscarlo desde el vamos con el futbol que lo caracterizo en la fase de todos contra todos y cuando apenas el reloj marcaba veinte minutos; Andrés Arroyo cazó un rebote perdido en el borde del área y lo transformó en alegría: gol y 1-0 que hacía temblar las tribunas como si una sorpresa estuviera cocinándose en el horno de la capital.

Pero el fútbol, caprichoso como siempre, rara vez permite que los sueños se asienten sin resistencia. Solo siete minutos después llegó la jugada que volteó el ánimo: un cobro desde la izquierda, el balón viajando manso… hasta que rebotó en Emilio Aristizábal, quien sin querer pintó un autógol. Empate que silencio en al equipo local, y una sonrisa peligrosa en los jugadores de Santa Fe. Los “cardenales” sintieron el golpe como quien saborea sangre rival: a partir de ese instante, el partido comenzó a ser suyo.
El dominio fue creciendo en toques, en pausa, en experiencia. Y cuando el primer tiempo agonizaba, el veterano que nunca deja de aparecer se plantó frente al punto penal. Hugo Rodallega, con la serenidad de quien ha marcado en cientos de tardes tensas, cruzó el remate y completó la remontada. 2-1.
El segundo tiempo fue otra película: Santa Fe se hizo grande desde la madurez. Fortaleza, ansioso, chocaba contra un equipo que ya sabía qué hacer con el tiempo, con el balón, con la desesperación ajena. Los minutos se apagaron sin misericordia. Los locales empujaron, pero el partido tenía dueño y apellido.
Escrito por: Felipe Ríos.


